La mayoría evita salir en semana santa; el ruido, el gentío, la suciedad inevitable que crea la masa de cuerpos que está harta del trabajo y de la escuela. Nuestro viaje salió de la nada, un día antes me llamó una compañera de la universidad. "¡¿Querés irte a Pana!? ¿Te apuntas?".
Para mí, Pana es Panajachel; no es ese paraíso "perdido" para drogadictos y alcohólicos; no sé por qué se tienen que ir tan lejos para ponerse igual de borrachos que en la ciudad. Para mí Panajachel fue el último lugar donde fui feliz, donde no me preocupaba del mundo real y no tenía ninguna responsabilidad; donde hice amigos rápido, gracias a que los patojos de ahí sí son amigueros. Donde fui a un colegio en una casa que crujía de vieja, de madera añeja. Inglés y música las recibíamos en el ático, y prácticamente sólo jugábamos y cantábamos. Al principio yo no hacía mucho porque iba adelantada en los cursos. Pero era una asocial, todavía me regañan mis compañeros que me quedaba todo el recreo leyendo o dibujando. En Panajachel se suponía que iba a vivir con mi madre, sólo ella y yo, las dos contra el mundo. Nunca tuve esa oportunidad.
La mitad de los viajeros eran desconocidos, amigos de amigos. Nos juntamos no muy temprano en PeriRoosevelt y de ahí nos montamos en la Rébuli. Me senté en medio de dos chavas, una colochita y otra de pelo liso flaquita. Hay algo en contarle tu vida a un extraño, yo siempre he tenido eso de que la gente me cuenta cosas que normalmente no le cuenta a nadie más. Nos dijimos algunos secretos, compartimos risas y música y galletas. Nos bajamos en San Jorge y subimos a la Piedra del Zope. Ese azul cielo y azul agua que ni siquera son azules sino transparencia, viento, luz. Un aire limpio y un cielo que de noche no contas un milímetro sin una estrella en él. El cielo del campo, el cielo de la montaña, de la finca, de la costa, de la playa. Unos niños estaban con nosotros, niños con zapatos con mandíbula dislocada ya que acompañan a los visitantes y les piden un quetzal cuando se van. Había un chavo sentado en la piedra, en lo más alto, y una compañera empezó a hablar con él. Nos sentamos en el altar, todavía con cera de la última ceremonia, y un niño tenía un cuaderno. Estabamos "practicando" kaqchikel cuando uno de ellos hizo un avioncito de papel. Normalmente los avioncitos no vuelan, que nadie se engañe porque no lo hacen. Pues desde ahí se creería que el avioncito tenía millas aseguradas por encontrarnos en una montaña. Pero el avecita de celuloide tenía otros planes. Ascendió, como hacen los cóndores y las águilas, en círculos hacia el sol. No había ni una nube y nos costaba seguir su ruta sin que los rayos nos cegaran. Pero ese avioncito no regresó, y los niños quedaron maravillados porque logró volar así.
Para mí, Pana es Panajachel; no es ese paraíso "perdido" para drogadictos y alcohólicos; no sé por qué se tienen que ir tan lejos para ponerse igual de borrachos que en la ciudad. Para mí Panajachel fue el último lugar donde fui feliz, donde no me preocupaba del mundo real y no tenía ninguna responsabilidad; donde hice amigos rápido, gracias a que los patojos de ahí sí son amigueros. Donde fui a un colegio en una casa que crujía de vieja, de madera añeja. Inglés y música las recibíamos en el ático, y prácticamente sólo jugábamos y cantábamos. Al principio yo no hacía mucho porque iba adelantada en los cursos. Pero era una asocial, todavía me regañan mis compañeros que me quedaba todo el recreo leyendo o dibujando. En Panajachel se suponía que iba a vivir con mi madre, sólo ella y yo, las dos contra el mundo. Nunca tuve esa oportunidad.
La mitad de los viajeros eran desconocidos, amigos de amigos. Nos juntamos no muy temprano en PeriRoosevelt y de ahí nos montamos en la Rébuli. Me senté en medio de dos chavas, una colochita y otra de pelo liso flaquita. Hay algo en contarle tu vida a un extraño, yo siempre he tenido eso de que la gente me cuenta cosas que normalmente no le cuenta a nadie más. Nos dijimos algunos secretos, compartimos risas y música y galletas. Nos bajamos en San Jorge y subimos a la Piedra del Zope. Ese azul cielo y azul agua que ni siquera son azules sino transparencia, viento, luz. Un aire limpio y un cielo que de noche no contas un milímetro sin una estrella en él. El cielo del campo, el cielo de la montaña, de la finca, de la costa, de la playa. Unos niños estaban con nosotros, niños con zapatos con mandíbula dislocada ya que acompañan a los visitantes y les piden un quetzal cuando se van. Había un chavo sentado en la piedra, en lo más alto, y una compañera empezó a hablar con él. Nos sentamos en el altar, todavía con cera de la última ceremonia, y un niño tenía un cuaderno. Estabamos "practicando" kaqchikel cuando uno de ellos hizo un avioncito de papel. Normalmente los avioncitos no vuelan, que nadie se engañe porque no lo hacen. Pues desde ahí se creería que el avioncito tenía millas aseguradas por encontrarnos en una montaña. Pero el avecita de celuloide tenía otros planes. Ascendió, como hacen los cóndores y las águilas, en círculos hacia el sol. No había ni una nube y nos costaba seguir su ruta sin que los rayos nos cegaran. Pero ese avioncito no regresó, y los niños quedaron maravillados porque logró volar así.
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